-La imaginaba. En general no se piensa en la vejez sino cuando se la tiene. Claro que no me impidió incluir personajes viejos en mis novelas, porque un escritor tiene que poder imaginar tanto a un adolescente como a un anciano. Si no tiene esa intuición, que se dedique a otro oficio.
-¿No imaginaba su propia vejez?
-No, de ninguna manera. Hubiese sido un acto de masoquismo. Esa es una calamidad que viene sola y no hay por que convocarla (se ríe)
-¿Es serio que es tan negativa su visión sobre esta parte de la vida?
No, no. Lo digo porque la vejez implica de una manera u otra la muerte próxima y no me gusta morir. No es que le tenga miedo. Fíjese que estuve tres veces en peligro de muerte y me he dado cuenta de que no le temo como, por ejemplo , a los terremotos. Pero es, digamos, un hecho lamentable. Sobre todo si uno no está seguro de la sobrevivencia.
-¿Cree en la reencarnación?
-A eso me refería. Si grandes hombres como Platón o Pitágoras y muchos contemporáneos creen en la posibilidad de vida eterna, ¿por qué hay que pretender ser más intuitivos y sabios que ellos? Creo que es un acto de modestia admitir esa posibilidad y al mismo tiempo es algo reconfortante. Porque, claro, la vida está hecha fundamentalmente de desdichas, pero tiene muchas cosas buenas. Tantas, que uno se resiste a morir. Yo a veces he pensado que en el momento de la muerte, si uno está lúcido, va a ansiar cosas muy humildes. No hablo de volver a Florencia, sino (pienso, lo estoy imaginando) de viajar en el colectivo 60, en un día de verano, yendo al Tigre, apretujado, sudoroso, con gritos. Esas cosas tan mínimas son las más deseables. De manera que creo que la vida es tan curiosamente fascinante que aun en medio de las mayores desdichas uno se resiste a abandonar la existencia.
-Si alguien le propusiera elegir una nueva vida, ¿cómo sería?
-Le oí decir que vivir es en cierta forma acumular equivocaciones…
-Claro. Es que en arte uno puede corregir veinte veces y eso se nos niega en la vida. Y precisamente por eso es que el arte existe. Porque somos mortales y necesitamos crear algo perfecto en un mundo de imperfecciones.
-Muchas veces usted ha hablado de las desilusiones. ¿Cuál es la mayor que le ha tocado vivir?
–Uno tiene muchas desilusiones a lo largo de la vida. Pero yo tengo esperanza. Prefiero equivocarme por generosidad y no por mezquindad. A veces uno pone toda su fe en una persona y no nos corresponde. Bueno, yo elijo esa desilusión antes de negar una ayuda por las dudas.
-¿No quisiera poder rescatar algún trabajo de los que quemó?
– Fíjese que gente amiga o de mucho talento me ha dicho que el autor no es la persona más indicada para decir esto sí, esto no. Y tienen razón. Reconozco que he cometido mucha equivocaciones. He sido muy autodestructivo. Porque un libro traducido a treinta lenguas debe tener algún valor universal y sin embargo yo estaba dispuesto a quemarlo. Por eso le aconsejo a los muchachos que eviten los extremos: ni dejarse tentar por la facilidad de publicar todo ni tampoco destruirlo. Por lo demás, soy partidario de escribir poco. Si uno logra escribir en su vida un solo libro que permanezca en la historia, ¡Dios mío: qué maravilla!
-Hace unos años usted afirmaba que aún no había escrito su gran obra. Ahora que ha decidido no escribir más, ¿cuál cree que lo trascenderá?
-No sé siquiera si alguna va a merecer eso. Pero los libros que he publicado son hijos míos y uno quiere a los hijos hasta por sus defectos. Además, lo que he escrito son verdades de las que no me arrepiento. Y si esas verdades alcanzan el arte, tienen la eternidad del alma humana.
“Fíjese que curioso: una vez Marx le escribió una carta a un amigo en la que se mostraba perplejo porque las obras de Sófocles siguieron emocionándonos a pesar de que las estructuras sociales y económicas de su época fueran tan diferentes a las de ahora. ¿Cómo hasta un hombre tan talentoso pudo equivocarse tanto por culpa de una doctrina? Creía que todo era histórico, pero no todo lo es. La muerte, la soledad, las desventuras, la felicidad, el problema de Dios tienen la permanencia de la condición humana. Y el arte que perdura se hace universal”.
-¿Ha cambiado su relación con Dios en los últimos años?
-No. Yo siempre estuve en busca de lo absoluto.Y así me ha ido. Nunca me gustó la injusticia y el hecho de que un chico se muera de hambre cuestiona de una manera u otra la existencia de Dios. Por eso de joven me acerqué a los movimientos revolucionarios anarquistas donde conocí a verdaeros santos. Y lo hice con un sentimiento pararreligioso. No se puede vivir sin absoluto.
-Lo dice mientras en el mundo se habla del resquebrajamiento de las ideologías...
-Por eso es terrible lo que estamos viviendo. Una cosa es el quiebre de las ideologías y otra que se abandonen todos los ideales. Los ideales son absolutos; se necesitan para vivir. Si no, es la droga. Este del que hablo es un sentimiento universal, pero se da sobre todo en los países hiperdesarrollados, mucho más desacralizados que los nuestros. Acá todavía mantenemos cualidades humanas que ya se han perdido en los países ricos. Sin ir más lejos, Estados Unidos tiene doscientos cuarenta millones de habitantes frente a los seis mil millones totales. Y el ochenta por ciento de los drogados del mundo está ahí. ¿Ese es el paraíso que anhelamos? ¡Por favor!
-¿Cree que ser pobres es una ventaja?
-La ventaja es no haber tomado el tren del hiperdesarrollo. Toda la reserva humana va a quedar en nuestros países. Y si logramos evitar la bomba atómica, va a aparecer una nueva humanidad en armonía con el cosmos, la naturaleza y los otros hombres. El viejo ideal, en fin, de los filósofos anarquistas. El futuro de la humanidad, si existe, es ése. Si no, no hay futuro.





1 comenta (n):
Excelente!
cito textualmente: ..."Por eso le aconsejo a los muchachos que eviten los extremos: ni dejarse tentar por la facilidad de publicar todo ni tampoco destruirlo..."
hace falta explicaciòn?
Te amo mucho mucho demasiado bastantisimo y màs!
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