Ven esta tarde donde el recuerdo es sólo una mariposa herida que busca la luz de la última palabra pronunciada por tus labios. Esa luz sorda de anochecer en los umbrales, los muebles, los parvos espejos, con sus pactos de horas y memoria. Toma mi mano con la trémula belleza de las aves muertas en el crisol de las miradas. Vaguemos por la casa y que el fuego secreto de su sombra nos envuelva como dos niños, entre sus almizcles, embriaguez de moho, muñecas, destello de insectos. Traicionamos nuestra eternidad y he aquí nuestra derrota. Contemplémosla un momento más. Escuchemos quedamente el rumor distante del verano. Sus leyendas aún perduran, desavenidas sobre las estaciones. Pero los besos, ¿acaso el viento conserva el cadáver de sus tibiezas y los cobija en el corazón de los jardines?
Sólo nos queda la tristeza de esta tarde. Apoya tu cabeza en mi hombro y olvidemos los instantes que huyen por el mundo embriagados de cenizas. Escóndeme en tu infancia, ahora que no tengo más para ofrecerte que la belleza de esta hora de alas devastadas como una mota de polvo suspendida en la atmósfera de los años.
Sólo nos queda la tristeza de esta tarde. Apoya tu cabeza en mi hombro y olvidemos los instantes que huyen por el mundo embriagados de cenizas. Escóndeme en tu infancia, ahora que no tengo más para ofrecerte que la belleza de esta hora de alas devastadas como una mota de polvo suspendida en la atmósfera de los años.
Alejandro Lattapiat






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