- Escucha el viento, el lento balar de los muertos, su estrofa de eternidad. Sueñan, se desmoronan.

- ¿Y este silencio por los días?

- La derrota. La inútil belleza que nos soñaba.

- Es una utopía esta despedida. Toda memoria de ella. Este mundo herrumbrado cautivo de si mismo, el instante en que la vida permanece en un vago prodigio de pájaros. Desde que descalza, madre, por la noche eras tibia penumbra de espigas en las mieses de la muerte. El dolor que entraba por la ventana, dolor de tardes y huesos, furtivo crujir de ese país desterrando su geografía. Entonces el cáncer. Cierto oscuro temblar de penumbras, abiertas flores y  su perfume donde buscaba tu sangre. Alguna palabra para dormir paisajes y calles inermes, olvidadas.

(Se acerca un niño muerto y les entrega una flor podrida)

- Un día, hijo, tendremos algo que no se pudra como las flores o como el amor.


Alejandro Lattapiat


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En memoria de mi madre.


Dirán que hemos entregado la vida por habitar la noche
en las ventanas abiertas en la escarcha,
en los pájaros blancos sobre la palabra antes de la labor de las carnes
que presagia la vida,
los países que se unen en complicidad con la infancia,
efímeros y vencidos, ceden al laberinto,
a la vaguedad del secreto del tiempo
cautivo en las épocas que se devastan
en un lento resplandor, mudo y musgoso.

La oscuridad que se precipita sobre los jardines,
sobre los guijarros difuntos para hacer el sortilegio de una música
anterior a la memoria
dictada por las edades que perdimos,
abrumados por el vago pensamiento de los dioses que desertan
la niñez de puños que se cierran contra los dioses que desertan
la niñez vengada hasta ser la sombra de la sangre derramada
por entre las bocas abiertas de los niños,
por entre las piernas de esas pequeñas ninfas
con sus pesadillas de incestos y golondrinas muertas en sus cabelleras.

Dirán que hemos perdido la luz.
Al fin, ciegos,
bellos mendigos, nuestra sórdida comedia para nadie,
por nadie sino algún rumor de alas en el aire
que tiemblan y se anudan en el encanto de la belleza
conservada por odio a las complacencias de los años,
a la utilidad del cuerpo. A los ritos de días,
fuegos fatuos, a la estirpe de hombres que desconocemos
frente a los espejos y somos. La decadencia
de la belleza y la demencia conservada en los ojos
para recordar la vida, las alondras y los niños muertos.

Alejandro Lattapiat


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Petit Trianon

Desde la balaustrada
un naufrago mundo se desata
en los frisos de tu cabellera.
Se diría es arte de nubes
estos rumores en la distancia,
hebras de criaturas ocultas
que perpetran su venganza
desde la niñez.

¿Qué será del jardín?
Los bárbaros han iniciado sus ritos
en los arrabales y suburbios
que delimitan tu sueño.
Más allá, pequeña, la vida
que conoces demasiado tarde.

 Alejandro Lattapiat


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En el día que perdí la voz
de mi laberinto,
la efigie que revelaba mis vagas perversiones
a la noche sobre la página en blanco
y la juglaría bajo la aciaga álgebra del verbo.


Alejandro Lattapiat


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Deambular por bosques
y ciudades
de ceniza y pesadumbre.
Tubérculos de mar,
vástagos verdes,
música blanca y nupcial.
Azogue de alondra que enamora y muere
en errancia de ángeles,
encantamiento y abismo.


Alejandro Lattapiat

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